Cuando el resultado trasciende el tablero

Como capitán del equipo femenino uruguayo durante esta Olimpiada, me toca hacer un balance de una experiencia que quedará grabada para siempre. La actuación del equipo femenino fue excelente. Llegamos a la última ronda con posibilidades reales de terminar entre los 40 mejores equipos del mundo. Pensar en eso hace algunos años parecía una utopía, y hoy estuvo al alcance de la mano. Faltó muy poco, pero el balance es sumamente positivo.

Estoy muy contento y orgulloso de las jugadoras. Demostraron una gran entrega y una enorme capacidad de lucha, tablero a tablero y partida tras partida. Además, hay un aspecto que muchas veces pasa desapercibido: ninguna de las cinco integrantes es profesional del ajedrez. Todas estudian, trabajan y también deben dedicar tiempo a sus familias y responsabilidades diarias. Por eso, el esfuerzo realizado para llegar hasta aquí tiene aún más valor.

Creo que se aprovechó muy bien todo el trabajo realizado durante la preparación. Fue importante el entrenamiento brindado por FIDE América, de la mano del MI Daniel Rivera, así como la dedicación que ambos pusimos en el trabajo previo a cada ronda, analizando rivales, preparando partidas y acompañando al equipo durante toda la competencia.

Otro aspecto que me llena de orgullo fue la calidad humana del grupo. En las buenas y en las malas siempre se mantuvieron unidas. Después de cada jornada compartíamos una pequeña reunión donde todas podían expresar sus sensaciones sobre sus partidas, comentar sus aciertos, sus errores y apoyarse mutuamente. Eso fue creando una convivencia extraordinaria. Se las veía siempre juntas, en los desayunos, almuerzos, cenas y paseos. Siempre con una sonrisa, siempre alentándose unas a otras. Más allá de los resultados, siento que se formó un grupo muy especial, con vínculos que seguramente perdurarán mucho más allá de esta Olimpiada.

Ahora comienza quizás la parte más interesante de la historia. ¿Qué hará cada una con esta experiencia? ¿Cómo aprovecharán todo lo aprendido? ¿Serán capaces de dar el siguiente paso en su desarrollo ajedrecístico? Estoy convencido de que esta Olimpiada ha dejado enseñanzas muy valiosas, y será interesante ver cómo cada jugadora transforma esta vivencia en nuevos desafíos y objetivos.

Mi mayor deseo es que esta actuación sirva de inspiración para muchas niñas, jóvenes y mujeres uruguayas. Que vean que representar a Uruguay en una Olimpiada no es un sueño imposible, sino una meta alcanzable con esfuerzo, dedicación y pasión por el ajedrez. Ojalá que en los próximos años sean muchas más las que se animen a recorrer ese camino.
En lo personal, me queda el enorme orgullo de haber vivido esta experiencia. Sentí cada partida como propia, cada alegría y cada derrota con la misma intensidad que las jugadoras. Y si en algo mi presencia, mi trabajo o mi apoyo contribuyeron al crecimiento del equipo, me voy con la tranquilidad de haber dado lo mejor de mí por Uruguay y por el ajedrez femenino de nuestro país.

Porque los resultados son importantes, pero aún más importante es sembrar el camino para las futuras generaciones. Y tengo la sensación de que este equipo femenino no solo jugó una gran Olimpiada: también ayudó a demostrar que el ajedrez uruguayo tiene un futuro prometedor y que cada vez más mujeres están listas para ocupar un lugar protagonista en él.












